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Por qué todo parece una copia de una copia, de otra copia

Resulta curioso que llegar a una nueva ciudad no signifique descubrir nuevos mundos, sino todo lo contrario. Todo comienza a resultar cada vez más familiar. Los patrones se repiten.

El café de especialidad tiene la misma barra de acero que el de tu barrio. El hotel, la misma lámpara baja sobre la mesita que en el que te hospedaste la última vez. El restaurante de la esquina, cerámica irregular, tipografía serif y una carta que parece escrita por la misma persona que diseñó las de Lisboa, Copenhague y Ciudad de México.

Las botellas son más bonitas.
Las webs, más limpias.
Las marcas, más sofisticadas.
Y, sin embargo, cada vez cuesta más recordar cuál era cuál.

No es que el diseño haya empeorado. El problema parece ser justo lo contrario.
Nos hemos vuelto extraordinariamente buenos reconociendo qué aspecto tienen las cosas que están bien hechas.

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